domingo 1 de noviembre de 2009
La logística y yo
miércoles 16 de septiembre de 2009
La isla de los hombres solos
La isla de los hombres solos
Por Karla Calderón
“Mi vida era drogarme diario”, relata con un hilo de voz apenas audible. Desde los 15 años se inició en el consumo de estupefacientes y ahí comenzó un infierno particular e íntimo, una vorágine que lo llevó por caminos insospechados.
“Yo no sabía lo que hacía, pasaban los días y no sabía nada. Sólo me drogaba. Era lo único”, dice, mientras sus manos menudas se retuercen y se esconden entre su desgastado suéter color beige. Del delirio provocado por las drogas, pasó a delinquir, y fue condenado a ocho años de prisión por robo a transeúnte. Sólo le faltan dos. “Dejé a mi mujer y a mis hijos solos”, se lamenta.
Para dejar su adicción atrás decidió entrar a un programa de desintoxicación, promovido por las autoridades penitenciarias del reclusorio donde cumple su condena. Este proceso para estar “limpio”, “depende mucho de uno. El que quiere cambiar, sigue adelante. Hay compañeros que han recaído porque los dejó su esposa, su mamá. O por cualquier cosa”, refiere, al tiempo que 36 de sus compañeros se alistan para una ceremonia en la que se les reconocerá el no ceder a la tentación de cambiar sus cobijas por un poco de marihuana.
Laberinto
El sonido de la puerta al cerrarse habita cada rincón de la prisión. Los guardias observan escrupulosamente a los cuatro visitantes, quienes sólo permanecen en silencio. Dos de ellos son mujeres. Un policía observa detenidamente sus credenciales. Después de escrutar sus rostros y compararlo con el de las fotografías, decide dejarlos pasar.
Detrás de un par de sucias cortinas, una mujer revisa las ropas y advierte que no se pueden llevar celulares. Afortunadamente nadie trae el suyo, ni viste de color beige, negro, caqui o azul, como lo establece el reglamento.
Una larga escalera de concreto los conduce hasta un pasillo sombrío. Al final se encuentra un puesto de vigilancia, donde se les coloca un sello invisible y entrega un gafete, cuyo cordón almacena el sudor de muchos cuellos. Hay humedad por todas partes y un olor a excremento se expande a medida que avanzan. Los guardianes caninos duermen plácidamente junto a los restos de carne fresca, que debido a la hora, debieron ser su desayuno.
Al dejar esa zona, el silencio se posa en los labios de los extraños, quienes serán testigos del acontecimiento. El policía que los acompaña trata de iniciar un diálogo trivial y cortés, pero sus comentarios se pierden en la lejanía.
Tras el último punto de revisión, se hallan un par de oficinas donde las autoridades se resguardan de aquel encierro tan próximo, que parece tragárselo todo. Luego se llega hasta esa isla de hombres solitarios, que cargan o no, grandes culpas a cuestas.
Un hombre calvo y desdentado riega el pasto que rodea al pasillo. Realiza su tarea sin prisa, como si tuviera la eternidad para hacerlo.
-Buenos días jefe, murmura.
-Voltéate, voltéate, le ordena el policía que escolta al grupo de extraños.
El viejo obedece, no sin antes soltar una sonrisa hueca a los acompañantes del uniformado, que caminan juntos para evitar el contacto con los habitantes de ese encierro edificado al sur de la ciudad. Más adelante, otro interno vende dulces que ofrece en una canasta.
-Vamos hacia el dormitorio 2. Ahí será el evento, explica el subdirector técnico de la prisión, quien da la bienvenida a los extranjeros.
Una veintena de rostros pétreos se aglutina a la entrada del dormitorio, que está aislado de las demás áreas, para evitar tentaciones. Todo está cubierto por un velo amarillo y viejo, el preludio de una soledad atrapada entre esos muros descarapelados.
Al aparecer las dos mujeres, los bríos de los reos se encienden y comienza un torrente de agudos silbidos. Los guardias tratan de calmarlos, pero los ímpetus del deseo son más profundos y más en esos cuerpos varoniles que padecen la escasez de caricias femeninas. Parecen bestias en busca de la presa más tierna. Ellas sólo atinan a escabullirse y a evitar el contacto visual con esos seres indescifrables.
Por fin, el alboroto parece apaciguarse con la llegada del director de la cárcel, un hombre robusto y de grueso bigote. Viste un traje café. Detrás de él, un grupo de funcionarios le sigue los pasos hasta llegar a la cancha de basquetbol donde tendrá lugar el acontecimiento.
Antes de su discurso, se realizan honores a la bandera, como si se tratara de una escuela primaria. Los 36 internos que han culminado la primera fase del programa de desintoxicación marchan como si fuesen soldaditos de plomo listos para entrar en combate. De algunos cuellos penden vírgenes y santos. Varias pieles lucen coloridos tatuajes.
Después de las efemérides del día, el director comienza su retahíla de palabras de aliento. Re-ha-bi-li-ta-ción, fu-tu-ro, y re-cu-pe-ra-ción son algunos términos que su voz subraya con ahínco, parece un político en campaña, con la boca llena de promesas que tal vez nunca se llegaran a cumplir. Los familiares de los “festejados” permanecen callados, a un costado de la cancha, rodeada por una delgada niebla, la cual se empeña en darle un aspecto turbio a todo.
Al culminar el discurso, la treintena de hombres realiza una tabla gimnástica que es recibida con silbidos por parte de sus compañeros, aquellos que ya se encuentran en la segunda fase del proceso. Sus esposas, madres e hijos los miran con una mueca de sorpresa, como si no estuvieran allí, frente a esas anatomías que danzan y forman figuras al ritmo de “Coronelas”.
Los funcionarios se congratulan, se felicitan mutuamente por los cambios. “Hace unos meses tenían otra cara. Hasta mejor color tienen”, comenta una mujer regordeta, de cuyo cuello cuelga una hilera de perlas falsas.
Los hombres de traje se dan palmaditas en la espalda y uno que otro se da el lujo de prodigar abrazos. Un extraño ambiente de cordialidad los invade, pero sólo a ellos, porque los varones de beige sólo se retiran, ajenos a esa algarabía administrativa.
Encrucijada
La existencia de droga al interior de los penales no es rara, porque el sistema penitenciario funciona como una sociedad pequeña en la cual se encuentran los mismos problemas que existen en el exterior, se oye decir al subdirector técnico.
La solución es reforzar la revisión, murmura el director, aunque no específica cómo ni cuándo. Con respecto al consumo, explica que existen programas intensivos deportivos, culturales y educativos. Así se puede evitar el regreso al mundo de las drogas, aunque sí existe reincidencia, acepta.
Sin embargo, se han logrado resultados satisfactorios. “Inclusive tenemos información de internos que han estado aquí y que se les dio su libertad anticipada y son personas que están sirviendo a la comunidad”, dice.
La posibilidad de dejar las drogas no es algo que atraiga, ya que son pocos los que se inscriben en el programa. Sólo 200 internos se encuentran en él, una cantidad mínima si se considera que en el penal existen 6 mil 800 varones.
Quienes ingresan al tratamiento, deben estudiar, realizar actividades deportivas y culturales durante el día, ya que, según comentan los funcionarios, el ocio propicia el consumo de drogas. “Más vale tenerlos ocupados”, menciona el director, antes de alejarse junto a sus colaboradores.
Varias manos dicen adiós, desde la parte alta del dormitorio 2. Algunas se pierden entre las ropas que cuelgan de los barrotes, para secarse al sol, que aún no calienta. Sus dueños lucen serenos, como quien asume su realidad como inmutable, a pesar de lo doloroso y terrible que resulte. Los extraños no los miran y se limitan a seguir el camino señalado por el policía, a dejar atrás esas paredes plagadas de nostalgias y de culpas mal o bien pagadas.
Redención
Héctor, a sus 35 años, dice estar satisfecho con sus logros, sin embargo, aún no consigue lo que tanto anhela: recuperar los valores que ha perdido. “Me falta mucho, pero sí Dios quiere sé que lo voy a lograr”, exclama.
Ahora reparte las horas del día entre la carpintería y los salones donde cursa la secundaria, la cual está a punto de concluir. Ya se acostumbró a levantarse temprano, a realizar sus labores de limpieza y a convivir con los otros, aunque no falta a quien “echarle bronca”.
A lo largo de su historia repite varias veces que quiere cambiar, ser otro, y recobrar la fe en la vida. Hace una pausa, como para hallar las palabras precisas: “ya no quiero volver a caer”, finaliza, antes de perderse entre sus compañeros, que lentamente regresan a sus celdas, donde pasarán otros meses aislados para culminar con el proceso y determinar si podrán soportar el encierro, sin ningún psicotrópico dentro.
sábado 12 de septiembre de 2009
Sofía y su infierno particular
La hiel del encierro
Aunque parece una niña, Sofía lleva nueve años en prisión, casi la mitad de su vida. Luce serena, pero al escucharla hablar, surge "la rebeldía" que la ha hecho probar la hiel del encierro, el abandono y la soledad. La causa: un secuestro.
"Así lo tomaron, en realidad no era un secuestro. A una amiga de la colonia la llevaron a la casa. Ella fue por su voluntad. Una de mis primas y yo llegamos a ese lugar y le empezamos a pegar. Nos fuimos y después nos aprehendieron", revela.
Al desentrañar su historia, Sofía desea que ésta sirva de ejemplo para otras mujeres, y que esos ratos amargos no sean repetidos por nadie más.
Tenía sólo 17 años cuando ingresó a la correccional. Al cumplir la mayoría de edad fue trasladada al Reclusorio Norte, donde dio a luz a una niña. Su estancia en ese lugar fue de un año seis meses.
Luego permaneció un año en el Reclusorio de Santa Martha, donde a causa de su personalidad y carácter, tuvo varios problemas.
"Era de las personas a las que no se les puede decir nada, porque luego luego golpean. Me alteraba mucho, robaba, extorsionaba a las compañeras."
Castigo
Ahora purga su condena en el Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan. En este sitio ha tenido que acallar esa rebeldía y "aplicarse para lograr mi salida. Estudio, voy a mis cursos y trato de acatar las órdenes".
Sin embargo, "mi familia me recrimina de todo. Mi mamá es también adicta, pero a ella no le importa. Al principio me visitaba, pero cuando me trasladaron para acá ya casi no viene", lamenta.
Antes de ingresar a la cárcel, Sofía vivía con su pareja y vendía "vicio" para sostenerse. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía 11 años. Ese golpe fue devastador, a tal grado que se refugió en las drogas. "Me volví muy rebelde y a los 15 años me casé. Después me harté y comencé a vivir mi vida yo sola".
Cuidados
Sus manos no están maltratadas. Las uñas las lleva perfectamente limpias y cortas. En su muñeca derecha hay una cicatriz y en su mano izquierda un diminuto tatuaje.
Por momentos, su cuerpo menudo no corresponde a sus declaraciones. "Hace seis meses piqué a una compañera, porque me caía mal", explica con voz tranquila.
Después de eso, decidió integrarse a un grupo religioso, donde ha aprendido a "ya no golpear, ni extorsionar a mis compañeras".
Hoy, a sus 25 años, Sofía sueña con recuperar su libertad, para volver a ver a sus pequeños, un niño de 10 años y una niña de ocho. "Mi mayor deseo es salir de aquí y recuperar con mis hijos el tiempo perdido".
Sin embargo, aún le faltan nueve años de condena.
Al recordar a sus hijos y a su familia hace una pausa, una lágrima quiere brotar, pero rápidamente lo impide.
Parece que aprendió a guardar el llanto para otro tiempo y otro lugar.
-¿Cuando salgas, qué te espera allá afuera?
-No sé, me da miedo porque ha sido mucho tiempo el que he estado aquí. He visto a mis compañeras irse y han regresado. Yo no quiero volver a caer.
miércoles 9 de septiembre de 2009
Del plato a la boca...
Debo admitir que no todo fue malo. Conocí a gente muy valiosa y que aprecio profundamente.
Hasta antes del 5 de julio, parecía que mi destino estaría en palacio... pero no fue así.
Me llené de angustia. Una vez más no tenía nada, ninguna oportunidad, estaba en ceros. Pero al mismo tiempo no pude evitar sentir una satisfacción ante el escenario.
Ahora estoy en un mejor lugar...
martes 21 de julio de 2009
Albricias
Sin embargo, trataré de pasármela bien junto a mis queridos amigos.
domingo 7 de junio de 2009
Mutaciones epidérmicas
jueves 30 de abril de 2009
Calvario
Acabo de engullir medio litro de nieve de tamarindo, jeje y no he comido nada.
